«Es que no se esfuerza.» «Con lo que le damos, lo mínimo es que estudie.» «No sabe qué quiere.» Si tu hijo está en Bachillerato y parece haber desconectado, probablemente te reconozcas en alguna de estas frases. Las has dicho o las has pensado. Y probablemente también te has sentido culpable por pensarlas.
Lucía tiene 17 años, está en 1.º de Bachillerato. Notas mediocres todo el año. Discute con sus padres casi cada día. Ellos creen que es vaga, que no se esfuerza lo suficiente. Lucía, por dentro, siente que nada de lo que haga será suficiente. Ha dejado de intentarlo — no por pereza, sino por agotamiento.
Lucía ha invertido tanta energía en resistir las expectativas y presiones de quienes la rodean que no le queda espacio interno para explorar su propio deseo. No sabe qué quiere porque nunca ha tenido un espacio seguro donde pensarlo sin sentirse juzgada.
No es pereza. Es un cortocircuito
Un dato que quizás te sorprenda: según el Barómetro Juventud, Salud y Bienestar 2025 (Fad Juventud y Fundación Mutua Madrileña), el 54,7% de los jóvenes españoles de 15 a 29 años afirman haber tenido algún problema psicológico, psiquiátrico o de salud mental en el último año. Por otro lado, el Barómetro de UNICEF España y la Universidad de Sevilla (2024) encontró que, de los adolescentes de 13 a 18 años que reportaron problemas de salud mental, el 51,4% no había buscado ayuda.
Tu hijo o hija probablemente no te está pidiendo ayuda con palabras. Te la está pidiendo con su apatía.
La psicología profunda lleva décadas estudiando esta dinámica. En la tradición winnicottiana — especialmente en sus escritos sobre el desarrollo adolescente (Playing and Reality, 1971) y en casos clínicos como el del niño que sentía terror al complacer a su padre (Home Is Where We Start From, 1986) — aparece un mecanismo recurrente: el adolescente descubre que un pensamiento automático acompaña todas sus actividades — «¿Esto es lo que mis padres quieren que haga?» Y cuando la respuesta es «sí», la actividad queda contaminada. Incluso si es placentera. En ese punto, la única salida que encuentra es la inactividad.
No es pereza. Es un cortocircuito psíquico: tu hijo no puede distinguir lo que quiere de lo que tú quieres que quiera. Y ante esa confusión, la única salida que encuentra es apagar el deseo por completo.
El Falso Self que construyó para sobrevivir
Tu adolescente ha aprendido a defenderse de lo que siente que le exigen. Ha desarrollado lo que Winnicott (The Maturational Processes and the Facilitating Environment, 1965) llamó un Falso Self: una estructura defensiva de complacencia que sabe responder a lo que los demás esperan, pero que ha dejado oculto al Verdadero Self — al que desea, imagina y se proyecta hacia el futuro.
Winnicott describió exactamente esta situación: personas que construyen «una apariencia de ser real» (a show of being real) mientras ocultan «una vacuidad estéril detrás de una fachada aparentemente independiente» (a barren emptiness behind an independent-seeming façade).
Cuando un padre — con la mejor intención del mundo — insiste en «¿Qué vas a estudiar?», «Tienes que decidirte ya», «Con tu edad yo ya sabía lo que quería», Lucía no puede responder porque literalmente no lo sabe. Toda su energía psíquica ha ido a sostenerse, a resistir, no a explorar.
La apatía como señal, no como defecto
Winnicott (Playing and Reality, 1971) formuló una idea que conecta directamente con lo que le pasa a tu hijo: «Es la apercepción creativa, más que ninguna otra cosa, lo que hace que el individuo sienta que la vida merece la pena.» En contraste, cuando la relación con el mundo se basa en la complacencia — hacer lo que se espera —, aparece un sentimiento de futilidad. Winnicott fue radical al respecto: la complacencia es «una base enferma para la vida».
Esa futilidad es exactamente lo que observas cuando tu hijo dice «me da igual» o «no sé qué quiero». No es que no le importe. Es que ha vivido tantos años respondiendo a expectativas externas que su capacidad de desear por sí mismo se ha congelado.
La apatía no es el problema. Es la solución que encontró para proteger algo frágil: su propia identidad.
Por qué tu presión lo bloquea más
Cuanto más presionáis para que «se decida» o «se esfuerce», más se cierra. No porque sea rebelde. Porque vuestra presión confirma exactamente lo que le ha bloqueado: que lo que importa no es quién es él, sino qué produce.
Y ahí está la trampa: el padre presiona porque le importa su hijo. El hijo se cierra porque la presión le dice que lo que importa no es él, sino su rendimiento. Ambos tienen razón. Ambos se sienten incomprendidos. Y el patrón se refuerza.
La buena noticia: el Verdadero Self de tu hijo no ha desaparecido. Está oculto, protegido por el Falso Self, pero sigue ahí. La tarea no es «motivarle» desde fuera — eso es más de lo mismo. La tarea es crear condiciones suficientemente seguras para que ese Verdadero Self se atreva a emerger.
Tres cosas que puedes hacer esta noche
No necesitas esperar a ningún profesional para empezar a cambiar la dinámica. Tres acciones que la psicología profunda lleva décadas confirmando que funcionan.
1. Deja de preguntar «¿qué vas a estudiar?». Esa pregunta, que a ti te parece legítima y necesaria, tu hijo la recibe como «no me importas tú — me importa tu futuro productivo». Sustitúyela por preguntas abiertas sobre el presente: «¿Qué es lo que más te ha interesado últimamente?», «¿Hay algo que te gustaría probar?» Sin agenda. Sin evaluar la respuesta. Cuando retiras la presión sobre el futuro, dejas espacio para que el deseo propio de tu hijo emerja. El deseo no se puede forzar — solo se puede crear el espacio para que aparezca.
2. Tolera su confusión sin resolverla. Cuando tu hijo dice «no sé qué quiero», la tentación es llenar el vacío: «Pues mira Medicina, o Ingeniería, o...». Resiste esa tentación. Responde: «Está bien no saberlo todavía. Ya irás descubriendo.» Y quédate ahí, en la incomodidad de no tener respuesta. La confusión vocacional en un adolescente de 17 años no es un fallo — es el reflejo de que necesita más espacio para pensarse a sí mismo. Si tú toleras su incertidumbre sin intentar arreglarla, le enseñas que la incertidumbre es tolerable. Y eso es exactamente lo que necesita aprender.
3. Habla de ti cuando tenías su edad. No como lección moral («cuando yo tenía tu edad...»), sino con vulnerabilidad real: «Yo también me sentí perdido», «Yo también tenía miedo de equivocarme», «Hubo cosas que hice porque mis padres esperaban que las hiciera, no porque yo quisiera». Comparte tus dudas de entonces, no tus certezas de ahora. Cuando un padre se muestra humano — con dudas, miedos y errores — el adolescente puede empezar a admitir los suyos. La vulnerabilidad compartida rompe el ciclo de «yo exijo / tú resistes» y abre la posibilidad de algo diferente.
Cuándo un grupo puede hacer lo que tú solo en casa no puedes
Un adolescente cuyo Falso Self se ha consolidado como defensa frente a las expectativas externas no lo desmonta fácilmente. Y menos con sus padres — precisamente porque sois la fuente de esas expectativas. Necesita un espacio diferente.
Lo que el grupo le ofrece
Un espacio para pensar sin ser evaluado. Tu hijo necesita un lugar donde pueda «jugar» con ideas sobre quién es y qué quiere, sin que nadie le diga si la respuesta es correcta o incorrecta. Winnicott lo llamó «espacio potencial» (potential space): un área intermedia entre la realidad interna y la externa donde la exploración, el juego y la creatividad son posibles. El grupo crea ese espacio.
Otros adolescentes que sienten lo mismo. La necesidad de pertenecer a un grupo de iguales es una necesidad evolutiva. Cuando un adolescente descubre que otros chicos y chicas de su edad sienten la misma confusión, la misma presión, la misma apatía, algo se desbloquea. La vergüenza — «soy el único que no sabe qué quiere» — se disuelve.
Un profesional que no presiona. Un psicólogo que guía sin juzgar, que sostiene sin exigir respuestas, cumple una función que el adolescente necesita desesperadamente: alguien que le devuelva una imagen de quién es, no de quién debería ser. Eso no sustituye a los padres — complementa algo que los padres, por cercanía emocional, no pueden ofrecer.
El orientador del instituto trabaja con herramientas vocacionales. Este taller trabaja con lo que hay debajo: por qué tu hijo no puede acceder a su propio deseo. Esa es la diferencia.
Taller: Tu camino, tu decisión — Septiembre 2026
Para adolescentes de 1.º y 2.º de Bachillerato con apatía académica, confusión vocacional o presión familiar. 16 sesiones semanales de 90 min, grupo cerrado de máximo 6 participantes. 14 sesiones con adolescentes + 2 con los padres. Incluye reunión informativa individual previa, sin compromiso.
720 € · Inicio segunda quincena de septiembre 2026 · Valencia
Solicitar reunión informativaIndica el nombre y edad de tu hijo/a. Te respondo para agendar la reunión.
Preguntas frecuentes
¿Por qué mi hijo de Bachillerato no quiere estudiar?
Porque ha invertido tanta energía en resistir expectativas externas que no le queda espacio interno para explorar su propio deseo. La apatía no es falta de voluntad. Es un cortocircuito psíquico: no puede distinguir lo que quiere de lo que tú quieres que quiera. Y ante esa confusión, apaga el deseo por completo.
¿Es normal que con 17 años no sepa qué estudiar?
No solo es normal — es esperable. La confusión vocacional a los 17 años es el reflejo de que necesita más espacio para pensarse a sí mismo, no menos. El problema aparece cuando la presión por decidir es tan intensa que bloquea su capacidad de desear para no equivocarse.
¿Mi hijo tiene que querer ir al taller?
No es imprescindible que esté entusiasmado. Muchos adolescentes llegan con reticencia. En la reunión informativa evaluaremos juntos cómo planteárselo para que no genere rechazo.
¿Qué pasa si dice que no le pasa nada?
Es la respuesta más habitual. Muchos adolescentes no tienen palabras para lo que sienten. El grupo les da esas palabras — y el permiso para usarlas.
¿En qué se diferencia de un orientador escolar?
Un orientador trabaja con herramientas vocacionales y educativas. Este taller trabaja con lo que hay debajo: las dinámicas emocionales, la identidad, la relación con los padres. Complementa lo que el orientador no puede abordar.
¿Los padres reciben información?
Hay dos sesiones con todos los padres (al inicio y al cierre). Lo que los adolescentes comparten dentro del grupo es confidencial. Si surge algo que requiera intervención parental, os lo comunicaré directamente.