Este mes, 25.503 estudiantes de la Comunitat Valenciana se han presentado a la PAU. El 95,23% ha aprobado, con una nota media de 6,35 sobre 10. Visto desde fuera, parece que el sistema funciona y que casi todos llegan a la meta.
Pero hay algo que esa cifra no recoge. Lo que cuesta llegar hasta ahí. Las noches sin dormir, los domingos con el estómago cerrado, la sensación de que toda tu vida depende de un examen. Y, sobre todo, lo que les pasa a los que van un paso por detrás —en 1.º y 2.º de Bachillerato— viendo cómo se acerca esa máquina.
Si tu hijo está en Bachillerato y lo ves bloqueado, desmotivado, incapaz de sentarse a estudiar aunque diga que quiere aprobar, esto es para ti. Porque lo que parece falta de ganas casi nunca lo es.
El bloqueo no es vaguería
Imagina a una chica de 1.º de Bachillerato. Tiene los apuntes delante. Sabe que tiene que estudiar. Quiere aprobar. Y, sin embargo, no consigue empezar. Abre el móvil, ordena la mesa, se levanta a por agua. Por fuera parece pereza. Por dentro está pasando otra cosa.
Cuando algo nos importa mucho y tememos no estar a la altura, el sistema se frena para protegernos. En psicología profunda a ese freno lo llamamos inhibición. Dicho sin jerga, es como cuando se te queda la mente en blanco en un examen que te juegas mucho. No es que no sepas, es que el miedo a fallar te bloquea el acceso a lo que sabes.
No estudiar se convierte, sin que tu hijo lo sepa, en una forma de protegerse. Si no lo intenta del todo, el suspenso ya no dice nada de él. Dice que «no se puso». Y eso duele menos que ponerse a fondo y aun así no llegar.
Cuando la nota de corte ocupa el lugar del deseo
Heinz Kohut, uno de los grandes del psicoanálisis, decía que una persona se sostiene sobre dos cosas: sus propias ambiciones, lo que de verdad quiere, y sus ideales. El problema aparece cuando lo que un adolescente quiere queda tapado del todo por lo que se espera de él.
Durante años a tu hijo le han repetido una ecuación: estudia, saca nota, entra en la carrera, asegúrate el futuro. No es un mal mensaje. Pero cuando se repite tanto que tapa cualquier otra pregunta, el adolescente deja de saber qué quiere él. Y sin deseo propio no hay combustible. Por eso muchos chicos brillantes se apagan justo en Bachillerato. No es que no puedan, es que han perdido el contacto con el para qué.
Lo que más desmotiva a un adolescente no es la dificultad del examen. Es sentir que su valor como persona depende de una nota. Cuando aprobar deja de ser un objetivo y se convierte en la prueba de que vale, estudiar se vuelve insoportable.
La ansiedad no es el enemigo, es una señal
Muchos padres me preguntan cómo quitarle la ansiedad a su hijo antes de la PAU. Y entiendo la pregunta. Pero la ansiedad, en su justa medida, no es el enemigo. Freud la describió como una señal, una alarma que avisa de que algo importa y de que hay algo que mirar.
El problema no es que tu hijo sienta presión. Es que está solo con ella, sin nadie que le ayude a traducir lo que esa alarma le dice. Cuando la ansiedad se escucha en lugar de silenciarse, deja de paralizar y empieza a orientar. Cuando solo se intenta apagar a base de «tú tranquilo», crece.
El superyó que aprieta más que tú
Aquí está la parte que más cuesta aceptar a los padres. Por mucho que tú le exijas, hay una voz dentro de tu hijo que le exige más. La llamamos superyó, otra vez un término de Freud, y es esa voz interna que repite «deberías», «no es suficiente», «los demás pueden y tú no».
Esa voz se alimenta de la exigencia de fuera. Así que cada vez que le dices «tienes que ponerte las pilas», no estás sumando motivación. Le estás subiendo el volumen a la voz que ya le machaca por dentro. Y cuanto más fuerte suena esa voz, más se bloquea, en un círculo que no para solo.
Qué puedes hacer en casa
Antes de nada, quítate un peso. Que tu hijo esté bloqueado no es un fracaso tuyo como padre o madre. La presión que lo atasca viene de un sistema entero, no de algo que hayas hecho mal en casa. Y que estés leyendo esto ya es parte de la solución.
No necesitas un máster en psicología para cambiar el clima de casa. Dos gestos, repetidos.
Separa a tu hijo de su rendimiento. Que note que tu cariño no sube cuando aprueba ni baja cuando suspende. Algo tan simple como recibirle igual de bien un día de mal examen le dice, sin palabras, que él vale más que su nota.
Pregúntale por lo que quiere, no solo por lo que debe. En vez de «¿cuánto has estudiado hoy?», prueba «¿qué es lo que más te apetece de lo que viene después de todo esto?». Ayudarle a reconectar con un deseo propio, por pequeño que sea, es devolverle el combustible que la presión le ha quitado.
No son trucos para que apruebe mañana. Son la forma de que vuelva a tener ganas, que es lo único que sostiene el esfuerzo cuando nadie le mira.
Cuándo un grupo ayuda más que tú solo
Hay algo que en casa es muy difícil de dar. Que tu hijo descubra que no es el único que está agobiado, bloqueado o perdido sobre su futuro. Entre iguales, eso se dice de otra forma y se cree de otra forma.
Un grupo bien llevado le da un sitio donde soltar la presión sin que parezca debilidad, donde pensarse en voz alta y donde descubrir, escuchando a otros, qué quiere de verdad. Muchas veces el deseo propio reaparece justo cuando uno deja de estar solo con la exigencia.
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Preguntas frecuentes
¿Por qué mi hijo no estudia si dice que quiere aprobar?
Porque el bloqueo no es falta de ganas. Cuando algo importa demasiado y se teme fallar, el sistema se paraliza para no exponerse al fracaso. No estudiar se vuelve, sin que él lo sepa, una forma de protegerse. Si no lo intenta del todo, el suspenso ya no dice nada de su valía.
¿La PAU pone demasiada presión?
La PAU concentra años de esfuerzo en una sola nota. Aunque en la Comunitat Valenciana el 95,23% aprobara en 2026, el coste emocional no aparece en la estadística. Lo que más desmotiva a un adolescente no es la dificultad del examen, sino sentir que su valor como persona depende de una cifra.
¿Le exijo más o le dejo en paz?
Ni una cosa ni la otra. Exigir más alimenta la voz interna que ya le aprieta; dejarle del todo le confirma que has tirado la toalla. Lo que ayuda es separar a tu hijo de su rendimiento y volver a preguntarle por lo que quiere, no solo por lo que debe.
¿Qué diferencia hay entre el taller y una academia?
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