Lo que pasa por dentro (y parece «vagancia»)
Tu adolescente ha aprendido a defenderse de lo que siente que le exigen. Ha desarrollado una especie de armadura emocional: un «yo adaptado» que sabe responder a lo que los demás esperan, pero que ha dejado enterrado al «yo auténtico», al que desea, imagina y se proyecta hacia el futuro.
Cuando un padre insiste, con la mejor intención, en «¿Qué vas a estudiar?», «Tienes que decidirte ya» o «Con tu edad yo ya sabía lo que quería», tu hijo no puede responder porque literalmente no lo sabe. Toda su energía psíquica ha ido a sostenerse, a resistir, no a explorar.
Un psicoanalista de referencia describió exactamente este cortocircuito en consulta: adolescentes que descubren un pensamiento automático acompañando todas sus actividades, «¿Consideraría mi madre esto como algo bueno? ¿Querría ella que lo hiciera?». Y cuando la respuesta es «sí», la actividad queda automáticamente arruinada. Incluso si es placentera. En ese punto, el adolescente se vuelve totalmente inactivo.
No es pereza. Es la imposibilidad de distinguir lo que quiere de lo que tú quieres que quiera. Y ante esa confusión, la única salida que encuentra es apagar el deseo por completo.
La buena noticia: el «yo auténtico» de tu hijo no ha desaparecido. Está escondido, protegido bajo capas de adaptación, pero sigue ahí. La tarea no es «motivarle» desde fuera; eso es más de lo mismo. La tarea es crear condiciones suficientemente seguras para que se atreva a salir.